12 de junio de 2010

La chica de luz y de agua

Me subo al autobús en Majadahonda, dirección Moncloa. Me siento junto a la ventana, a mi izquierda. Delante y detrás de mí, chicas jóvenes que hablan entre sí y se pasan una bolsa de encurtidos casi por encima de mi cabeza. Llueve a cántaros y los cristales se empañan, convirtiendo el mundo exterior en un brumoso sueño que pasa de largo rápidamente. Una parada más adelante, la última hasta llegar al destino, se sube una chica con una gran maleta azul. Se para en el pasillo y se sienta junto a mí. Seguimos el trayecto, más de cincuenta personas que se han reunido durante un instante en un único espacio físico, sin hablar entre sí, y la mayoría no volverán a verse nunca más. Llegando a la altura del hipódromo, el cristal recubierto de una fina capa brumosa se me antoja un lienzo delicado. En ese momento me imagino recibiendo una llamada, y que aquel paño empezase a dibujarse con líneas ondulantes que se expanden hacia todos los sentidos, como ocurre con la felicidad, que lo contagia todo. Llegamos a la Ciudad Universitaria, y mis dedos, atados por mi vergüenza, luchan por alzarse hacia esta pared de luz y de agua. Todo el mundo duerme su sueño despierto, y yo rompo mis cadenas y mi mano acaricia el cristal. Primero, con los dedos separados, trazo las ondulantes líneas del cabello, de las puntas a la frente con el meñique. Luego, una segunda pasada hasta la parte del cuello desde donde el cerebro inyecta las descargas eléctricas del placer al resto del cuerpo. Acto seguido, rodeo la oreja que se descubre sólo cuando ella no está a la defensiva. Dejo caer mi índice desde la frente a la barbilla y el cuello, teniendo especial cuidado en trazar esa nariz perfecta por la cual los dioses nos han castigado a caer en la felicidad y en la miseria. La boca, cerrada pero sedienta del viento que la refresca, deja patente su alegría. Finalmente, ese ojo que mira hacia el infinito, más allá de las penas y las cadenas del destino. Me detengo para no estropear esta sencilla armonía, y devuelvo mi mano al lugar donde designa la cordura. Momentos después, los trazos que han marcado mis caricias van diluyéndose, lloran por su efímera condición, sabiendo que, como el amor desatendido, se borrarán para nunca más existir, hasta que otro loco vuelva a dedicarle un momento de lucidez.

Al llegar a la estación, la chica que iba a mi lado, sorprendentemente para mí, se levanta, me dice "gracias", con una sonrisa, coge su maleta azul y se va. Yo desembarco también, y me dirijo hacia mi propia vida, que me espera.

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