16 de junio de 2007

El tren perdido

El tren perdido

Una vez más, pacientemente espero mi próximo tren. El día se presenta despejado, mas en el horizonte el sol abandona el cielo que, poco a poco, deja translucir el universo que hay más allá.

Otras personas parecen compartir mi espera, y durante mi viaje veré llegar e ir a otros tantos. Pienso en toda la gente que vive mi situación día tras día, pero no alcanzo a imaginar sus pensamientos más allá de los míos, y mi escudo de miedo me aleja de ellos.

Por fin, llega la hora. La distancia se reduce y el tren acude a su cita. Al llegar a mi altura, comienzo a verme reflejado en él, para comprobar que mi presencia pueda llamar la atención de quien tenga la oportunidad de acompañarme. Mis ropas se agitan ante el viento que produce el gusano gigante a su paso, hasta que se detiene.

Frente a mí, el cristal me deja ver el perfil de una mujer, cuyos rasgos me hacen salir de mi ombligo, y floto, sin abandonar mis pies el suelo y mis ojos a ella. Apenas me doy cuenta de que la gente sube y baja del tren, mientras yo he quedado atrapado en mi locura.

Ante mi éxtasis, ella gira la cabeza para mirarme. Parece sonreirme, y yo, en un vano esfuerzo por ganarme su simpatía, alzo lentamente mi mano para ofrecer mi saludo. Ella, dubitativamente, contesta mi gesto, mientras su sonrisa se torna en todo por lo que merece existir.

Acerco mi mano, y el cristal se vuelve líquido, dejándome entrelazar mis dedos con los suyos. Mis ojos no ven más que sus ojos, y en ellos puedo verme a mí siendo feliz con ella, tan sólo en su compañía, como si fuera poseedor de una obra de arte de valor infinito expuesta en mi salón.

Me doy cuenta de que debo subirme al mismo tren en el que ella viaja; intento buscar las puertas, que han quedado entreabiertas a mi espera, pero cuando acciono el botón, no se cuál es el correcto, y las puertas se cierran. Corro a la siguiente, pero el escalón se me hace inmenso y no puedo llegar a él. Busco la otra puerta más allá, pero el foso que me separa de ella contiene monstruos que devoran mi alma. Sin darme cuenta, el cielo se ha cubierto de nubes, y el sol ya no está para ser testigo.

Corro desesperadamente a la siguiente puerta, pero dentro sólo hay oscuridad, y no me atrevo a entrar, por lo que prosigo en mi búsqueda de una entrada amistosa. Un zumbido intermitente juzga que se me acobó el tiempo. la última puerta se cierra ante mí sin fisuras. Dentro, todo el mundo sigue su viaje. Sólo algunos me dirigen su mirada, con indiferencia, ante mi impotencia para superar mis propios fantasmas.

Unas primeras gotas empiezan a castigar mi espíritu.

Corro para ver, una vez más, a esa mujer que podría salvarme, pero el tren se pone en marcha y no la alcanzo. Ella quizás me recuerde, pero no por mucho tiempo, me dice el corazón, que llora en mi pecho mientras me maldigo, como llora ahora el cielo al verme sufrir.

La estela se devanece, y se pierde tras el telón que cala mi conciencia.

Una vez más, pacientemente espero mi próximo tren...
Guillermo Velasco Navarro. 20-10-2005

Texto escrito bajo la premisa de que tuviera como tema la “pérdida del tren”, para un taller literario.

1 comentarios:

  1. Vaya, creo que he descubierto tarde este blog aunque tampoco lo tienes muy poblado. :)

    Este relato que me debería parecer indiferente te aseguro que describe exactamente algo que me está pasando ahora mismo... curiosa casualidad :)

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